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viernes, 4 de julio de 2008

EL GORDO Y EL FLACO ROMPEN TODO

LAUREL AND HARDY BREAKE ALL


Es la primera pareja famosa que ha dado el cine. Pero, en verdad, eso es decir muy poco de sus integrantes.

Con más precisión, puede asegurarse que marcaron en las pantallas –y en el humor que vino después en otros ámbitos- el standard para una pareja “despareja”. En ese sentido, es elocuente el nombre artístico con el que han sido inmortalizados en muchos lugares del mundo: El Gordo y el Flaco.

Como ya hemos dicho en otras entradas, vale destacar cómo el juego de opuestos es un elemento recurrente en las parejas cómicas. En este caso, el Gordo, Oliver Hardy, es aparentemente el más inteligente, pomposo e irascible del dúo; mientras que el Flaco, Stan Laurel, también en apariencia, es el de menos luces, dubitativo y flemático.

Uno de los rasgos más notables de la pareja, a diferencia de otros números cómicos que provenían del vodevil y del teatro de variedades, es haber sido también el primer número cómico más famoso nacido en la misma industria cinematográfica. Ambos tenían un pasado en el teatro, de hecho, Laurel era suplente de Chaplin en la compañía inglesa de teatro de variedades con la que fue por primera vez a Estados Unidos.

Por su parte, Hardy, que provenía de una familia de clase media, ya desde muy pibe entendió que tenía algo que decir como actor, más aún como cantante. Ese mundo, el del espectáculo, le llevo a ser, a los 18 años el propietario de un cine, el empresario más joven en su época de esa naciente industria. También oficiaba de proyectista, posición desde la que dedujo que él también podía hacer lo mismo que lo que los actores hacían en las pantallas. Así, de muy joven, se acercó a los incipientes estudios de la época.

Fue
Hal Roach el que los unió, al verlos coincidir en una película y comportarse del mismo modo detrás de cámara de lo que después harían delante. Roach, que por ese entonces ya era un exitoso empresario del celuloide, en especial gracias a su amigo Harold Lloyd, tuvo la visión de que juntos tenían un potencial.

Y es justo aclarar que el cráneo, el arquitecto humorístico del dúo era Stan, El Flaco. Bien claro lo deja un fanático de la pareja, el escritor y periodista argentino
Osvaldo Soriano, cuando escribió:

“Nadie, hasta entonces, había dedicado tanto tiempo a la construcción de un gag. Laurel quería que cada situación pudiera desprenderse del contexto del guión como una obra en sí misma. Así, sus películas semejaban endemoniadas cajas chinas en las que cada vista era independiente del resto, pero a la vez le daba sentido. Stan Laurel inventó el gag. Le concedió un crescendo, un clímax y una deliciosa caída. Cada gag del gordo y el flaco semeja un espléndido orgasmo con toda su furia, su desesperación y su necesario alivio. Como incansables amantes, el gordo y el flaco provocaban una y otra vez ese clímax.”

Soriano, que basó en ellos su primera novela (
Triste, solitario y final), cita a Hardy explicando como funcionaba la pareja: “A veces bastaba un perro para iniciar una toma y llevarla adelante. Stan hacía algo y yo lo seguía y daba pie para que él hiciera otra cosa y yo otra y después Stan hacía el montaje y todo era perfecto.”

Stan y Oliver murieron casi en la miseria. Sobre ese final, aseguró -también es una cita de Soriano- Buster Keaton: “Ellos cometieron el error de hacer reír a un país violento y sin alma, que íntimamente los amaba pero terminó despreciándolos”.

De todos modos, en 1960, un lustro antes de su muerte, Laurel recibió un Oscar a su trayectoria, galardón que la Academia había entregado en 1932 al corto The music box (La caja de música, James Parrott, 1932). Además, en sus últimos años, recibía la visita de tres admiradores: Dick Van Dyke, Jerry Lewis y Danny Kaye. Precisamente, en su despedida fúnebre, dijo Van Dyke: “Stan nunca fue aplaudido por su arte porque él se cuidó muy bien de esconderlo. Él sólo quería que la gente riera”.

El Gordo y El Flaco brillaron juntos en más de un centenar de filmes, entre cortos y largos; algunos de ellos memorables, en especial el favorito de Osvaldo Soriano, Big business (Grandes negocios -pero conocido más apropiadamente como Ojo por ojo-, 1929, James Horne), el estropicio de la propiedad privada llevado al paroxismo.

También memorable lo han juzgado en el
National Film Registry, Library of Congress (el Registro Nacional del Film, de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos), que en 1992 guardó en su archivo una copia de la cinta.


Varios elementos pueden sumarse a esta simple historia de poco más de 17 minutos. Una es la participación de Leo Mc Carey, guionista y responsable en parte de la dirección, y que más tarde dirigiría a Los Hermanos Marx en, nada menos, Duck Soup (Sopa de Ganso, 1933). Justamente, algunos expertólogos en El Gordo y El Flaco sostienen que esta no es de las historias más típicas del dúo, a la que asemejan más al espíritu marxiano, donde cada uno del combo hace lo que viene en gana cuando le viene en gana. En cualquier caso, esta situación de “demolición recíproca” que plantea Big business, resuelta de modo brillante, demuestra la versatilidad del tándem.

Otro aspecto destacable son los dos actores secundarios que acompañan a Ollie y Stan. Primero, el irascible vecino con el que
se enfrentan, James Finlayson, un actor cuyo aspecto y actitud representaba una apropiada contrafigura del dúo, con quien actuó en más de 30 películas. Se sabe menos, que una frase suya, cuando llegó el sonoro, fue fundamental, muchos años más tarde, para otro clásico de la cultura popular. En efecto, Finlayson acuñó una expresión muy simple, en rigor, que utilizaba cuando sucedía algo que lo contrariaba. Más de medio siglo después, Homero Simpson ha inmortalizado su ¡Ough! cada vez que le ocurre algo malo o inesperado.

El otro actor secundario es el
indeciso policía, encarnado por Stanley Sandford, quien tuvo más de 20
presencias con Laurel y Hardy; casi 10
con Chaplin, la más conocida de ellas, tal
vez, en la escena de la línea de montaje de Modern Times (Tiempos Modernos,
1936); e incluso en el primer corto de Los
Tres Chiflados, Woman Haters (Los
odiadores de mujeres, Archie Gottler,
1934).

Finalmente, vale constar que durante mucho tiempo circuló la versión, motorizada por el mismo Hal Roach, que la casa utilizada para la película no fue exactamente la comprada para la producción.

Según contaba Roach cada vez que salía el tema, había comprado una casa y sus muebles a un hombre, y al día siguiente enviado hacia allí el equipo de filmación. Cuando él llegó más tarde, el trabajo estaba avanzado en todo sentido: tomas hechas, casa y cosas destruidas. Sin embargo, dijo sorprenderse al ver que el encargado de producción había confundido la vivienda con una de al lado.

Mucho tiempo después, Laurel desmintió está versión, al asegurar que todo fue una maniobra del departamento de prensa de los estudios de Roach. “El tipo de la casa –contó- era empleado del estudio y trabajó en el film con nosotros”. De hecho, la dirección de la casa es 10281 Dunleer Drive, Cheviot Hills, Los Angeles, lugar de peregrinación obligado para los fanáticos del Gordo y el Flaco que se llegan hasta esa ciudad para rememorar uno de los grandes desmadres en la historia del humor.

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sábado, 29 de marzo de 2008

LOS HERMANOS MARX - El camarote

En castellano

En inglés

De las trece películas que cimentaron la fama de los Hermanos Marx, posiblemente Una noche en la ópera (A night at the Opera, 1935, Sam Wood) sea la más divertida, posición que, es verdad, discute con Sopa de Ganso (Duck Soup, 1933, Leo McCarey). Y, sin duda, la llamada escena del camarote es uno de los momentos más divertidos de esa cinta, posición que, es verdad, discute con la llamada escena del contrato.

Primera película del combo con la Metro Goldwyn Mayer, significó un cambio notable respecto a las cinco anteriores, todas producidas por los estudios Paramount Pictures. El responsable de ese giro fue el productor Irving Thalberg, uno de los hombres que edificaron el nivel imperial de Hollywood. “Haré una película con ustedes con la mitad de risas de Sopa de Ganso, pero le pondré una historia con todas las de la ley, y apuesto a que conseguiré el doble de beneficios”, contó Groucho que les dijo Thalberg para convencerlos del pase de estudios.

Así, Thalberg puso a trabajar en una historia en la que los momentos de risa tuvieran sentido dentro de ella a un grupo de guionistas, entre los que estaban dos viejos conocidos -y apreciados- de los Marx, George Kaufman y Morrie Ryskind.

Una vez que el grueso del material estuvo más o menos terminado, Thalberg contrató a Al Boasberg, un guionista experto en chistes para los circuitos de vodevil, y que había participado en el guión de La General (The General, 1926, Buster Keaton), y, sin aparecer en los créditos, de Fenómenos (Freaks, 1933, Tod Browning). También, y como curiosidad, había dirigido a Los Tres Chiflados cuando eran partiquinos de Ted Healy (Myrt and Marge, 1933).

La cuestión es que Boasberg, que fue contratado como consultor del guión, terminó por alumbrar la escena clave de la película, precisamente, la del camarote.

Cuenta Stefan Kanfer en su extenso volumen Groucho, una biografía, que el productor Thalberg, después de vanas esperas, conminó a Boasberg a que le mostrara material nuevo. La respuesta podría haber sido un sketch digno de alguna película Marxiana. Boasberg telefoneó a Thalberg para decirle que el trabajo estaba listo para ser retirado en su oficina y que él se iba a su casa.

“Acompañado por los tres Hermanos Marx (Groucho, Chico y Harpo) –escribe Kanfer-, Thalberg acudió hasta allí. El despacho estaba abandonado y se pusieron a buscar por toda partes. No encontraron nada en el escritorio, ni en los cajones, ni en los archivadores, ni en la papelera. Suspirando, Groucho levantó los ojos y allí vio lo que Boasberg había prometido. El escritor había escrito una escena, cortado con tijeras los diálogos en pedazos de una frase, y los había clavado con tachuelas en el techo.

“-Nos costó cerca de cinco horas volver a recomponerlo –dijo Groucho-. Pero valía la pena, porque resultó ser el centro de una de las escenas más famosas que hemos hecho.”

Sin embargo, la escena, que, como se sabe, convoca a 15 personas en un estrecho camarote, y que terminan literalmente desbordando al abrir la puerta Margaret Dumont, corrió el riesgo de nunca ver la luz de las pantallas plateadas. Esto se debió al particular camino que tomó Thalberg, quien hasta entonces se había especializado en dramas. La decisión fue ir testeando previamente el material de la película, con los actores representando las escenas en teatros, ante el público.

Para los Marx era como volver a sus primeros tiempos de éxitos teatrales, incluso antes de hacer cine. Por aquellas épocas, sus escritores iban modificando el libreto de la pieza de acuerdo a las reacciones del público, todo de acuerdo a una simple idea para probar los chistes: los que despertaban risas quedaban; los que no, volaban o eran modificados hasta alcanzar el efecto deseado.

A la sazón, sucedió que la escena del camarote no convocaba la risa del público y, por ende, tampoco la confianza de actores y guionistas, quienes sugirieron a Thalberg quitar la escena completa. El productor, aconsejado por su intuición, se negó. El elenco continuó entonces representándola, y enriqueciéndola con nuevas improvisaciones. El tiempo terminó dando la razón a Thalberg.

Según una versión muy extendida, se sugiere que Buster Keaton participó en la confección del sketch. Sin embargo, Keaton, que efectivamente trabajó en la MGM haciendo gags para películas, no fue sino contratado dos años después del rodaje de Una noche en la ópera, e incluso llegó a participar en Una tarde en el circo (At the circus, 1939, Edward Buzzell), la 4ª película de los Marx con los estudios, pero esa colaboración nunca cuajó por la mutua antipatía entre Keaton y Groucho. Tal vez la confusión se haya alimentado a partir de una escena similar en una película de Keaton, El cameraman (The cameraman, 1928), aunque sin evidente sentido caótico.

El cameraman - Escena del vestuario

Precisamente, esa falta de caos en el resto de Una noche en la ópera -que algunos fans juzgan excesivamente “musical” (10 canciones hay en ella)- es lo que los puristas añoran en esta cinta sólidamente construida desde el punto de vista de la trama.

Dejamos algunas perlas de la escena del camarote:

* Al comienzo, cuando Groucho hace pasar a las camareras, les dice: “Pasen, chicas, y dejen detrás toda esperanza”, lo cual puede ser interpretarse como una alusión a la inscripción que Dante Alighieri imaginó tienen las puertas del infierno: Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate (Abandone toda esperanza quien entre aquí).

* Una alusión en inglés a una toma de la lucha libre, cuando Groucho responde a Chico, quien dice que Harpo está medio dormido, mientras abraza a una camarera de modo extraño: “Sí, está medio dormido y media llave nelson”.

* Una chica golpea a la puerta, entra y pregunta por su Tía Minnie (Micaela, en la versión doblada al castellano); una referencia a la madre de los Marx, manager en los primeros tiempos.

Valga como coda la opinión de Groucho sobre la escena: “Fue una combinación de ideas de muchas personas y nos tomó por lo menos una semana filmarla”.

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